Mucho se ha escrito sobre el infinito, algo no sólo natural sino inevitable. Quisiera relatar una breve investigación que empezó en una casa de la calle Alberdi al 700 y alcanzó sus mejores momentos, a fuerza de chops y triples de ternera, en el famoso bar-continente frente a la plaza Alberdi.

En 2010, Horacio Faas, lógico cordobés y profesor de filosofía de la matemática, invitó al profesor Roberto Rojo a trabajar sobre la filosofía del infinito. Rojo aceptó con entusiasmo y pidió colaboración a la gente cercana. A mí me tocó buscar libros, conseguir ediciones y conversar con él sobre algunos pasajes.

Uno de los primeros asuntos era ponerse al día con la bibliografía. Convenimos (plural generoso) en que no podía faltar The Infinite, de A. W. Moore. Lo conseguimos con cierta demora por medio de un librero de Buenos Aires. Había un pequeño problema: el profesor Rojo se había enemistado con Amazon porque algunos encargos, después de ser pedidos y pagados, nunca llegaron. Al oírlo volver sobre aquel incumplimiento y comprobar que su maldición contra Jeff Bezos seguía intacta, pensé que quizás el infinito era un asunto hecho a la medida de los metódicos, los perfeccionistas y, por qué no decirlo, de cierta clase de neuróticos: los que vuelven a contar, revisan una vez más y no soportan que una serie quede inconclusa.

Con los libros, Rojo parecía vivir entre dos infinitos. De un lado estaba el nunca de los ejemplares encargados que no llegaron. Del otro, el siempre de los que salían, regresaban y volvían a salir. Tenía una biblioteca enorme y prestaba sus libros con generosidad, pero imponía una condición: cada primero de enero todos debían encontrarse nuevamente en sus anaqueles, aunque al día siguiente pudieran iniciar otra vuelta.El 31 de diciembre se producía una especie de operativo retorno.

Una tarde calurosa, mientras fichábamos y traducíamos The Infinite, Rojo armó una pequeña polémica unilateral con A. W. Moore. Había usado una versión que traducía la frase de Pascal “El silencio eterno de esos espacios infinitos me espanta” con el indirecto «me llena de pavor» (Fills me en inglés, cuna del “refill” de los vasos de gaseosa). Era “me espanta”, cortito y al pie: nada de me hace chiri chiri ni me llena de nada.

—¿Sabe qué me espanta a mí, profe, y no me llena de nada? La hora, son las ocho —. Se hizo un silencio profundo, pero no anodino: fraterno. Cerramos los libros y nos fuimos al bar de Vasconcelos y Martí para cumplir el rito.

Cual obreros al cabo de una jornada sobre la eternidad, pedimos los chop. Los copones tenían cierta gracilidad: se sostenían por el pie, con la mano debajo de la cerveza, y así la copa no se metía en la conversación. Rojo recordó el mito de Titono, el joven troyano para quien Eos pidió a Zeus la inmortalidad, pero olvidó la letra chica: la juventud. Los deseos siempre tienen trampa. Esos dioses, profe, son terribles. Le pregunté si él pediría algo. Respiró hondo.

—Sí. Quisiera tener quince años menos.

Yo rondaba los treinta y cuatro. Rojo, ochenta y cuatro.